¡Vecino, cierre! Ahí vienen los indígenas: Crónica de un sujeto entre bandos
- Dorian Chavez

- 23 jun 2022
- 14 Min. de lectura

I
Por aproximadamente 4 años he trabajado como gerente y administrador del restaurante que mis padres abrieron hace 11 años. En los años anteriores laburaba también allí, pero de manera intermitente y únicamente de mesero, en la caja o haciendo las compras.
A la par, hace 8 años empecé mis prácticas de pregrado en función de Psicólogo Clínico en una fundación que trabajaba con las familias de lo que antes se conocía como el botadero de Zámbiza (botadero no solo de la basura de la gran ciudad, Quito, sino también de esperanzas y sueños de muchas de las personas que trabajaban allí).
Esta fundación además de brindar servicios de salud, odontología y psicología de manera gratuita o con un costo más bien simbólico, también enseñaba corte y confección a mujeres, con el fin de que tengan otra profesión que la de recolectores de basura y de plásticos.
Recuerdo que en esa época trabajaba únicamente con las mujeres que iban a recibir clases a la fundación, en particular con los hijos de estás mujeres. Podía trabajar con ellas solo a través de su preocupación por sus familias e hijos, pero muy poco se acercaban al espacio psicológico para hablar sobre ellas, por lo cual, y guiado por mi supervisora, empecé a abrir espacios grupales en la fundación, idea que funcionó bastante bien, pues en este espacio parecía que se sentían más cómodas para hablar y poder explayarse en diversos temas que, si bien atravesaban lo familiar, cuestiones de pareja, aspectos laborales y demás, el enfoque se centraba en su posición como sujetos a partir de lo que les sucedía.
En estos grupos de trabajo empecé a darme cuenta de que la burbuja en la que vivía era muy pequeña, minúscula, diminuta. Si bien es cierto nunca me consideré, hasta ese momento, una persona privilegiada del todo, al escuchar la cotidianidad de estas mujeres caí en cuenta de que situaciones que para mí eran totalmente normales, para ellas eran un lujo. Si bien es cierto, desde que recuerdo, he tenido un enfoque de izquierda, en ese momento, al escucharles desde mi posición como psicólogo, no desde la igualdad, ya que las posiciones son distintas (paciente-terapeuta o analista-analizante), pero tampoco desde la condescendencia, la pena, o una escucha en torno a lo caritativo, mi visión ya nunca más pudo ser la misma.
Un tiempo después, al darme cuenta de que muchas personas que eran beneficiarias de la fundación no subían a esta (la fundación estaba localizada en Monteserrín, relativamente cerca de Zámbiza), decidí acercarme a su lugar de trabajo. Fueron varios meses en los cuales estuve en el comedor, uno de los pocos lugares que había a disposición para tener algo de privacidad, un lugar para sentarse, y una estructura que nos proteja del sol o la lluvia y del polvo. En estos meses intenté convocar a las personas para abrir un espacio de escucha, ya sea individual o grupal con las personas que trabajaban en el botadero, pero prácticamente nadie venía. Una que otra vez llegaba alguien a preguntar, se quedaba conversando más por curiosidad, y se iba. Al preguntar a uno de los representantes de los trabajadores de Zámbiza el por qué no asisten, me comentó que una hora sin trabajar era una hora de perder dinero, que no se podían dar ese lujo.
La otra burbuja, esa de los libros de texto, la de trabajar entre las cuatro paredes de un consultorio y que el paciente se recueste en el diván, o tome asiento en el mueble por una hora para hablar sobre su malestar, se rompió como una pompa de jabón. Así de frágil era toda esa teoría que había leído en Freud, Lacan, Pávlov, Frank, Bateson, Watzlawick y otros.
¿Cómo pretendía, desde mi burbuja, que esos otros que, no pueden dejar de trabajar porque si lo hacen no tiene los ingresos suficientes para dar de comer a sus familias, se den una hora o cuarenta y cinco minutos para asistir a terapia psicológica, para que hablen sobre lo que piensan y sienten?
En ese momento caí en cuenta que hablar sobre el malestar emocional o pensar más allá de la economía del día a día era un lujo para una gran parte de la población.
Así como en la película de In Time, que fue traducida como “el precio del mañana” (una excelente película que vale la pena verla), así mismo se juega el tiempo con relación al dinero. En esa conversión directa que propone la película entre dinero y tiempo, se puede ver cómo en las ciudadelas marginales la gente corre, ahorra tiempo para no perder la vida, mientras que en las facciones en las que el dinero abunda, el tiempo pareciera darse un descanso y permitir otro ritmo de vida.
II
Si uno de ustedes ha trabajado en atención el cliente sabrá que esa función es una ventana para la escucha de lo social. Cada cliente viene con su realidad de vida. Hay ese cliente conversón que te cuenta su día mientras recoge de la chauchera sueltos para pagar lo justo. Existe ese otro cliente parco, concreto, que antes de pedir trae el dinero en su mano y en la punta de la lengua el producto que necesita. La familia amable que te trata como a un vecino, te saluda, te da la mano y te pregunta cómo ha estado el día. Está, como no, el tipo nice que mientras ordena no quita la mirada de su móvil y con desdén te lanza el billete para que cobres.
Entre toda esta fauna y flora, también hay quienes no son clientes, pero visitan el local para pedir comida, limosna, vender frutas, caramelos, chocolates y demás artículos que les sirve para sostener su economía. Para mi sorpresa, y en ese azar que siempre se juega la vida, hay una familia de recolectores de botellas plásticas que nos visitan desde hace aproximadamente 6 años, más o menos. Antes, venía la mamá con sus hijos y sobrinos pequeños a recoger las botellas plásticas. Actualmente, esos niños han crecido y vienen sin su madre muchas veces.
Son tres, dos niñas y un niño. A veces, cuando hay, les doy caramelos, papas o frutas, en otras ocasiones solo piden el baño y se van.
Había otro joven, tenía unos 15 años aproximadamente (desde la pandemia no lo he visto más). El vendía caramelos y chomelos. Él estudiaba en la mañana y en las tardes salía a trabajar, a vender. Me contaba que no le gustaba mucho estudiar, pero tenía una pasión, o eso parecía. Le gustaba practicar Karate, y tenía la oportunidad de practicarlo gracias a un local cercano que le permitía hacerlo gratis, aunque para los demás era una academia pagada.
Se quedaba hasta las 21:30h aproximadamente en el local, conversando, vendiendo a los clientes que salían de comer, y después emprendía rumbo hacia su casa. Al hablar con él pensaba en mis primos y primas, si bien es cierto él era un poco mayor, era inevitable pensar lo afortunados y privilegiados que eran mis prim@a al poder estudiar sin tener que trabajar, y menos aún, tener que trabajar en esas condiciones, es decir, en la calle, sin ningún tipo de seguridad, sin una compañía, y sin la preocupación de que el dinero que pueda recoger es parte del sustento de toda una familia, y además de eso, sacar la nota suficiente para no quedarse de año, que era una de las preocupaciones de este muchacho.
Me alegraba que mis familiares no tengan que pasar hambre o necesidades económicas, y al mismo tiempo sentía una insatisfacción y un sabor de injusticia por aquel joven, después de todo, que culpa tenía él de haber nacido en un hogar complicado, y más aún, en un país jodido.
También pensaba en mí, en lo afortunado que fui las veces que mis padres me escribieron en un curso vacacional, en una academia de futbol, en un curso de lectura rápida y más.
Esa burbuja de jabón, que a veces tomaba más consistencia y se hacía de cristal, se fisuraba al escuchar a esos niños y jóvenes que trabajan desde edades muy tempranas, que jugaban y juegan con lo que encuentran en la basura, que agradecían lo poco que les podíamos brindar, y que compartir lo poco que podían dar.
Los niños recolectores pasan todos los días por mi local, a veces conversamos un poco más, otras veces solo saludamos. Ayer vino solo una niña y su madre. La menor me contó que habían caminado más o menos tres horas desde su casa hasta llegar al sector en el que se encuentra mi restaurante, pues viven bastante lejos, pero deben seguir trabajando, recolectando botellas, aún si no hay transporte público. En ese momento ya estaban de camino de regreso a casa.
Otras de las cuestiones que suelo escuchar, y lastimosamente es más a menudo de lo que quisiera, es que, al ofrecer una vacante para la contratación de personal se acercan, en su mayoría venezolanos, a pedir trabajo aunque al momento estén desempeñándose en otro restaurante. Al preguntar por qué buscan trabajo si ya lo tienen, suelen comentar que trabajan entre diez y doce horas diarias, a veces sin descanso y ganando el básico, o incluso menos.
¿Me pregunto si esta violencia que escucho en lo social, la violencia de la pobreza, del trabajo infantil, de la precarización del trabajo no es un detonante para la protesta social? ¿Por qué no reclamamos por estas acciones? ¿será que son normales, o simplemente están normalizadas?
III
En la clínica, en el consultorio, en ese espacio del que se suele decir es del “uno por uno”, también escucho sobre explotación laboral, escucho como pacientes entran en conflicto al ver que colegas suyos trabajan por más de doce horas y ganan el mínimo.
Escucho llamadas o leo mensajes de texto en el que la primera pregunta es: ¿y cuánto cuesta cada sesión? Es decir, acceder a terapia psicológica es un lujo que pocos pueden, o podemos pagar. La salud, que incluye la salud mental, no es para todos, porque así mismo, en las instituciones públicas el tiempo se traduce en “eficiencia”, las citas son después de meses, y la lógica que impera es la de la evidencia, la de “cuantos pacientes atendiste”, cómo si todo pudiera ser traducido en estadística y números. No todo tiene una traducción resultadista, aún más allá, no todo tiene una traducción en ganancia de dinero para el estado o para la empresa privada.
La psicología y el psicoanálisis NO son un negocio.
En esa clínica llamada del uno por uno siempre se cuela lo social, lo político, lo económico, lo cultural. Pero parece que en ocasiones nos olvidamos de eso. ¡Que peligroso! Estoy seguro, y es una apuesta que la hago día tras día, que escuchar el malestar de aquel que viene a hablar posibilita un cambio, apertura decisiones que antes eran impensadas o colocadas como imposibles, pero al mismo tiempo estoy seguro también de que de nada sirve esa escucha si esa persona es explotada, si no tiene seguridad laboral, si le toca escoger entre pagar la terapia o comer por un día.
Si por cuestiones económicas alguien decide dejar el trabajo psicológico, o, peor aún, si alguien no puede ni acceder a trabajar su malestar emocional por no tener dinero, y si mi posición como psicoanalista no se cuestiona por lo social, por lo político, por lo económico y demás, estoy seguro que esa burbuja que en momentos fue de jabón, en otros momentos de cristal, finalmente se ha convertido en una esfera de piedra que me ha impedido ver más allá de las cuatro paredes del consultorio y de las páginas de un libro.
Si la ética del trabajo analítico se funda por fuera del discurso capitalista, por fuera de la lógica del negocio, resulta curioso que haya una representación en ocasiones elitista del “psicoanálisis”, y que además de eso, a los involucrados les interese poco o prácticamente nada decir algo al respecto. Es necesario, por lo menos desde mi posición, que el discurso analítico se despegue de los márgenes, que proponga y abra espacios en lo social, que no se quede entre los mismos psicoanalistas, grupos y escuelas, que se atreva a dialogar con otros saberes, caso contrario, es posible que además de esta representación elitista, se le sume la sectaria, que también se escucha por allí.
IV
Muchos miembros de mi familia, no solo nuclear, sino también la ampliada, son comerciantes al igual que yo. Tengo un trabajo en lo comercial, lo que me ha permitido sentir la subida de precios, la inseguridad, y el miedo a cerrar mi negocio. Pero esto no se ha dado a partir de las manifestaciones sociales, no.
Este miedo lo he tenido desde antes, cuando el aceite subió, cuando la papa subió, cuando la leche y con eso el queso subió, cuando los embutidos subieron, y todo esto antes del paro.
He tenido miedo porque han robado varias veces en mi restaurante, a los trabajadores, a los clientes y claro, a mí. Por dicho motivo tuve que contratar seguridad privada, esto antes de la pandemia. Después de la pandemia, por cuestiones económicas, no he podido volver a contratar seguridad y me volvieron a robar.
También tuve miedo cuando cerca de mi local, por robarme la billetera y el celular, dispararon a la ventana de la camioneta que me había prestado mi mamá, que por suerte tenía láminas de seguridad y la bala no traspaso el vidrio, bala que iba dirigida a una amiga que estaba sentada en el lado del copiloto.
He visto indignado como los noticieros informan que existe tal falta de medicamentos y material médico que, por ejemplo, no se han podido realizar intervenciones quirúrgicas.
Por otro lado, también siento y percibo las complicaciones que ha supuesto el paro nacional, escucho con preocupación como mi madre tiene que cerrar su negocio más temprano por miedo a que vandalicen su local. Veo como los negocios que están alrededor del mío cierran por miedo o porque los trabajadores no pueden llegar. Escucho el lamento de tener que detener sus actividades después de haber cerrado por meses debido a la pandemia. Veo como la gente camina por cuadras y cuadras al no haber transporte público y tener que llegar a sus trabajos. Observo como los conductores temerosos y enojados avanzan atentos a que no les pinchen las llantas o les obliguen a dar dinero y apoyar la marcha.
Indignado y con irá observo como vándalos dañan la propiedad pública y privada, y claro, me identifico con esos comerciantes que tienen pérdidas económicas fuertes por el paro, sí, claro que sí.
Pero al mismo tiempo estoy seguro de que la lucha social es legítima, porque no todos estamos “en el mismo barco”. Unos están ahogándose, otros botan por la borda a quienes pueden, hay quienes desde un salvavidas extienden la mano, y otros que no solo no están en un barco, están en un crucero all inclusive.
No estoy de acuerdo con el vandalismo, en absoluto, a los criminales hay que identificarlos y ponerlos a orden de la ley. Pero no caigamos en reduccionismos, como lo hacen los políticos, los medios de comunicación y demás, no se trata de los bandos buenos y malos, el asunto es algo sumamente complejo, que hay que abordarlo en su complejidad.
Como la persona privilegiada que soy, a pesar de las dificultades de este tiempo, estoy más que seguro que lograré salir de esta situación, pero no me puedo quitar de la cabeza que esta escasez en alimentos, esta inseguridad, este miedo a no saber que pasará el día de mañana, es algo que las personas que no viven en ninguna burbuja, que viven en la calle, literalmente, lo viven a diario, y por ese motivo ponen el cuerpo, por ese motivo marchan, por ese motivo reclaman, por ese motivo mueren.
Por ese motivo se indignan de que no entendamos su lucha, por ese motivo reclaman apoyo, porque si bien muchos estén y estemos teniendo muchas pérdidas económicas actualmente, no podamos movilizarnos con libertad y no sepamos que pasará con nuestro negocio y trabajo el día de mañana, los menos favorecidos, ellos viven con esos miedos desde que nacen, y no por vagos (no hace falta aclararlo si su lectura los llevo hasta aquí) sino porque las condiciones no son las mismas, porque estructuralmente la pobreza los arrasa, porque no se trata de “trabajar y producir”, sino que se trata de políticas públicas que en algo permitan la igualdad de oportunidades, para que no se repita que mientras un joven tiene que trabajar vendiendo caramelos y chomelos hasta las 21:30pm después de estudiar en la mañana, otros, como yo, tengamos la oportunidad de profesionalizarnos desde la niñez o adolescencia, lo que claramente separa aún más la brecha social y económica.
No caigamos en lo que Bukowski predecía: “Supongo que el único momento en que la mayoría de la gente piensa en la injusticia es cuando les sucede a ellos”
V
Este lunes 20 de junio a eso de las 3pm vecinos de los comercios del sector, mecánicas, restaurantes, florerías, ferreterías y demás estábamos parados afuera de nuestros locales sin saber muy bien que hacer. El tráfico se empezó a intensificar, sirenas rondaban los alrededores y las lanfor (las puertas de seguridad que generalmente están en todos los negocios) empezaban a sonar como rondadores por toda la cuadra. De repente un señor que trabajaba cerca me dijo: ¡Vecino, cierre! Ahí vienen los indígenas.
Dicha frase se empezó a esparcir rápidamente por todos los locales. La frase, al igual que un virus, transitó junto con la brisa de esa tarde y al tener contacto directo con el comercio o con los encargados de este, automáticamente se guardaban los adornos que estaban en la vereda y se procedía a cerrar el negocio.
Esta frase me recordó a otras que en mi calidad de cajero o encargado del restaurante he escuchado a clientes, colegas comerciantes, familiares, amigos y más: ¡Vecino, cierre! Ahí vienen los venezolanos; ¡Vecino, cierre! Ahí vienen los cubanos; ¡Vecino, cierre! Ahí vienen los colombianos. O también sus variantes más devastadoras como: deben darles bala a estos indios; ¡fuera indios, fuera!; que los cojan de 100 en 100 y los metan presos, etc.
Ese imaginario que viste al otro, en estos casos, a las minorías, a los pobres, a los más desfavorecidos, los viste de vándalos, los viste de “malos”, de ignorantes, de ladrones, de vagos, de asaltantes, de sucios, de puercos, de indios, de longos. En ese otro que parece tan lejano se deposita un odio desmesurado, en ese otro distinto se deposita el excremento intelectual y moral después de ingerir lo que los medios de comunicación, las redes sociales y la “opinión ciudadana” dice sin ningún reparo. Y mientras en ese otro diferente se deposita lo peor, en el otro que aparentemente es más próximo, en ese otro que quisiéramos que refleje lo mejor de nosotros, se deposita el amor, “la buena vibra”, los buenos, los trabajadores, los que sacan al país adelante, los estudiados, los no indios, los impolutos.
En el un extremo se deposita todo lo malo, mientras que, en el otro extremo, en el que generalmente nos ubicamos, localizamos todo lo bueno. Y para todo lado. Los de un bando les dicen a los otros borregos, los de ese bando contratacan diciéndoles: lassis. Por un lado, están los zapatitos rojos, por el otro lado están los indios. Y en esa polaridad imaginaria los ánimos se caldean y toda aproximación se queda en el personaje, en la figura, es decir, en el personaje de Laso, de Iza, de los indígenas, los comerciantes, las buenas gentes, los vándalos, y así, la violencia se reproduce y no para. No hay espacio para la palabra que permite aceptar la diferencia, solo hay espacio para el desprecio o el amor. No hay espacio para el dialogo, hay espacio únicamente para el ego (para el yo).
Las manifestaciones no son solo la de las calles, también hay la manifestación de una violencia que parece no tener límite, se manifiesta la xenofobia, la aporofobia, el racismo, el odio. Se manifiesta una serie de sentimientos y emociones que en la normalidad (si, en esa normalización de la injusticia social, de la precarización laboral, del trabajo infantil) no suelen salir. Que se esconden cuando vamos a esa verdulería que no cierra nunca, que abre de 8:00 a 20:00 atendida por esos mismos indígenas a los que les llaman vagos e ignorantes. Se esconde en esa caridad que damos desde una posición de superioridad, en esa caridad que la damos para limpiar nuestras conciencias. Se esconde en ese desconocimiento propio de nuestra peor versión, de la versión que odia lo que no entiende, lo diferente, lo que siente que no le representa.
En estas complicaciones se manifiesta una versión de la masa social que permite que se destruyan comercios privados y públicos, que se destruyan adoquines, que haya saqueos, robos, actos de violencia sin sentido. Las manifestaciones de violencia y odio vienen de todo lado, de todos los bandos, aunque queramos ubicarlos en los personajes que los vestimos con nuestros prejuicios.
VI
¿Cómo mediar entre realidades que tiene una misma dificultad? Es innegable que existen muchos negocios que pueden quebrar al estar cerrados por una semana, o que viven con lo justo siempre y cuando todos los días abran y vendan. También es innegable que la situación de las comunidades indígenas, de los sectores marginales y de la población en situación de pobreza y pobreza extrema clama un cambio a este estado neoliberal que le interesa poco o nada el bienestar social, y a partir de esa premisa las manifestaciones son un recurso válido para hacerse escuchar.
Las dos realidades se dan en simultáneo, la subida de precios por el paro y la inestabilidad afectan y complejizan el comercio, y como dueño de un restaurante de comidas estoy consciente de aquello, pero al mismo tiempo, las personas agonizan a diario, el sistema de salud pública es desastroso, la seguridad está por los suelos, la economía no despega y existe un sinfín de dificultades que cómo país nos afectan a la mayoría.
VII
Dejo capítulos abiertos y preguntas sin responder, más que todo porque no pretendo colonizar ninguna opinión, no deseo imponer una verdad. Me interesa escribir mi verdad, verdad ficcional, rota, partida, pero la que puedo decir en este momento. Me interesa escribir lo que he vivido de los dos lados de la moneda, la de comerciante y la de psicoanalista, ubicar mi relación al discurso frente a lo social y lo económico, y dar a conocer algo que sucede a diario, aunque muchos no lo sepan, aunque otros lo sepan y no lo quieran aceptar, vivimos en un país en el que vivir dignamente es un privilegio.
VIII
Espero alguna vez en mi vida escuchar: ¡Vecino, cierre! Ahí vienen los políticos.





Comentarios