¿Qué lógica se sostiene en la propuesta de un análisis mediado por lo digital?
- Dorian Chavez

- 14 jun 2022
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Dorian Chávez
14/6/2022
Hablar de UNA clínica psicoanalítica podría resultar un oxímoron en sí mismo, ya que no existe esencia de esta, no es posible delimitarla, como si de una receta se trata, entre lo que autorizaría denominarse psicoanálisis y lo que no. No hay garantía, es decir, trabajar desde el diván no garantiza nada, el análisis es a producirse. Por lo tanto, a partir de esta lógica, ¿se podría decir que hay análisis en el trabajo mediado por la digitalidad? Posiblemente sí, en momentos, al igual que en la presencialidad. Sin embargo, lo que mueve esta elaboración no son los juicios que habiliten a categorizar si hacemos o no psicoanálisis, sino los posibles efectos de la clínica analítica mediada por la digitalidad.
I
En el texto llamado “una práctica de Parloteo” (Lacan, 1979), Lacan menciona que el analista debería saber operar convenientemente, es decir, “que dé cuenta de la importancia de las palabras para su analizante” (p. 2). Por otro lado, en el texto de “Lo simbólico, lo imaginario y lo real” (Lacan, 1953), aborda lo que denomina la experiencia de la palabra, y la ubica como uno de los resortes principales para la experiencia analítica, en tanto se basa en el intercambio de esta, lo que puede ser leído desde el valor de uso y valor de cambio propuesto por Marx y retomada por Lacan, como se evidencia en el seminario 6 de “El deseo y su interpretación” (Lacan, 1958/2020)
Lacan al preguntarse, ¿qué es la palabra? menciona lo siguiente:
“A lo que asistimos es más bien a un evitamiento de esta cuestión. Y, desde luego, lo que constatamos es que, al reducir esta cuestión, al querer no ver en los elementos y los resortes propiamente técnicos del análisis sino algo que debe llegar, por una serie de aproximaciones, a modificar conductas, los resortes, las costumbres del sujeto, desembocamos muy rápidamente en cierto número de dificultades y de impases (…) pero de ir en ese sentido, vamos cada vez más hacia cierto número de opacidades que se nos oponen y que tienden a transformar en consecuencia el análisis en algo, por ejemplo, que parecerá como mucho más irracional de lo que es realmente (…) mientras que parece que no hay quizá, al contrario, técnica más transparente” (p. 5-6).
Lacan pareciera indicarnos con cierta insistencia algo que, a pesar de que se repite constantemente, en ocasiones no se aborda con la rigurosidad que precisa. El acento en la “experiencia de la palabra”, en sus resortes, en los elementos técnicos que ella aporta y en la necesidad de un desarrollo al respecto.
Tomamos la primera hebra a partir de Darmon, quién, en “Ensayos acerca de la topología lacanina” (Darmon, 2008) aborda la importancia de la escansión en los distintos cortes que el analista introduce en el discurso del analizante a partir de lo que se deja oír. Puntos, comas, entrecomillados y demás signos de puntuación que se proponen no con el fin de comprender, que es lo que encontramos en el discurso corriente, sino en función de las aperturas y cierres del inconsciente, de lo que se está produciendo y da lugar a las distintas formaciones de este, y también permite dar cuenta sobre lo que se oye raro, es decir, lo que va más allá del discurso consciente, de lo que aparece en el orden del sinsentido.
Darmon (2008) al hablar de puntuación y escansión, pone sobre la mesa la importancia de lo dicho con todos sus resortes, es decir, subraya el flujo de esta en relación con la cadencia del discurso, “el alargamiento silábico (…) el tono, la acentuación, el ritmo, el habla, incluso la música propia de la palabra” (p 115). Todo este entramado y el juego resultante a partir de la combinación de los elementos que acompañan a la palabra, resultan importantes para la escucha del analista, para su lectura.
A través de estos resortes es posible que la persona del analista realice una intervención al apostar por un efecto de sentido, al tomar en cuenta los diversos elementos que sostienen la palabra y devolver al sujeto su discurso cortado, puntuado.
“La puntuación actúa retroactivamente sobre la cadena enunciada para producir allí el corte significante, por eso una simple escansión puede engendrar un efecto de sentido (…). Se trata, entonces, de una práctica que libera un otro sentido, pero que apunta más allá de ese sentido a un sinsentido radical: el de la letra” (Darmon 2008. p. 116)
Darmon dirá que la puntuación constituye parte de la cadena, “es decir que depende de la estructura del sujeto, resultan de ello ciertas características clínicas ligada a la partitura que cada uno viene allí a ejecutar: “¡a cada uno su música!”. (Darmon 2008. p. 117).
Más adelante, en el capítulo llamado “nudos”, Darmon al trabajar sobre la interpretación analítica cita de Lacan el siguiente enunciado: “está hecha no para ser comprendida sino para producir olas” (p. 283). El analista vuelve a resaltar lo que está más allá del sentido, lo que se produce en el análisis en relación con la interpretación, apuesta por la escritura inconsciente y adelanta que puede ser leída (interpretada) en el análisis a partir de la intervención en el escrito vivo del discurso del analizante.
Meschonnic (2007), en su libro “La poética como crítica del sentido”, contrapone dos teorías: la del ritmo y la del sentido. Al desarrollar la segunda, menciona que esta se alinea a la teoría del signo, en la que el discurso no es más que un empleo de signos, “una elección en el sistema de los signos preexistente” (p. 70). Es decir, el sujeto está coartado, rígido, al estar todo significado por los signos. Para hablar sobre la teoría del ritmo, Meschonnic retoma a Benveniste (1951), quien ubica la primacía del ritmo por sobre el sentido, haciendo del ritmo una estructura y organización del discurso, y da cuenta que el ritmo impone un sentido más allá del propio sentido de las palabras, ya que estas estarían organizadas a partir del ritmo.
El autor menciona que ya no se trata del significado, mismo que puede estar dado con anterioridad, sino del significante, en tanto el significado vendría a excluir al sujeto hablante. El ritmo fuerza hacia una teoría del discurso, en tanto pone en problemas al signo, lo sobrepasa, como es posible dar cuenta en el poema. Aclara también que en el ritmo no hay unidad, que solo en el sentido puede existir tal concepción en tanto se propone la totalidad (resuena la propuesta de Lacan en la conferencia de Baltimore). Finalmente, acota también que un sujeto solo al estar implicado al máximo en su discurso puede pertenecer al dispositivo del ritmo.
Hemos desplegado la importancia del ritmo en la estructuración del discurso más allá del sentido y el signo, y también los diversos resortes que acompañan a la experiencia de la palabra en tanto escansiones, cortes y puntuaciones que apuestan por un efecto de sentido en la dirección de la cura psicoanalítica. Estos dos puntos son importantes para hablar sobre la mediación digital en la clínica analítica.
Al trabajar vía online, el discurso del analizante como el del analista puede verse atrasado o adelantado por breves segundos o milisegundos. En ocasiones puede haber interferencias que signifiquen que cierta parte de lo dicho se pierda, o que la voz se escuche amontonada, adelantada, en una suerte que hasta podría resultar cómica al parecer que se presionó el botón (2x) en whatsapp para escuchar rápido rápido la nota de voz.
Estos inconvenientes propios de la mediación digital suponen impasses importantes si tomamos en cuenta los resortes de la palabra que hemos desarrollado. Es decir, la escucha, la lectura, la palabra, el discurso, se verán interrumpidos, puntuados, cortados, no por la lógica del análisis, no por la lógica clínica que interviene a razón de suscitar efectos sostenidos en la dirección de la cura (Lacan, 1966/2009), sino por algo de otro orden.
Se impone la lógica digital, lógica que está atravesada por una relación (¿o interacción?) en la que predomina la imagen en detrimento de la palabra (la función de la imagen la desarrollaremos en los siguientes acápites), lógica en la que un discurso puede escucharse con todos sus resortes a condición del ancho de banda que se pueda contratar, del aparato móvil, computadora o Tablet que sea posible adquirir, y el tráfico de datos de la hora de sesión. Se impone una lógica que estorba a la experiencia de la palabra.
“¡A cada quién su música!”, retomamos de Darmon esta frase que insiste en la importancia del discurso no solo como portador de palabras, no solo en relación con lo que el sujeto pueda decir, sino también al lugar de los acentos propios del sujeto, a lo que Meschonnic propone como teoría del ritmo, ritmo que está por encima del significado y el signo, y que es parte de la poética con la que cada sujeto hablante es hablado y leído.
Si tomamos en cuenta la musicalidad propia de cada sujeto, lo que también influiría en su sintaxis, podría resultar un inconveniente que la intervención del analista caiga a destiempo al intentar producir un efecto de sentido. El corte o la puntuación en un significante en ocasiones debe interrumpir el flujo del analizante, detenerlo para permitirle romper y bifurcarse, pero si la mediación digital impone sus tiempos por encima de la lógica analítica, la contingencia propia de un efecto de intervención se ve disminuida y las tonalidades que se producen en el análisis podrían desafinar.
II
Al adentrarnos en la lógica que supone la mediación digital, tomamos como parte de nuestra bibliografía las aproximaciones que un analista aportó a partir de una entrevista realizada como parte de la investigación del grupo: sociedad y tecnología digital fase 4, anexada a la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.
La precisión y análisis del entrevistador posibilitó el desarrollo de este acápite. A continuación, citamos textualmente varios de los aportes claves:
“Esto de los gestos que se da en persona: levantarse, dar la mano, abrir la puerta, cerrar la puerta, hacía falta eso, porque para mí eso era parte de un final de sesión o un inicio de sesión, ahora un clic es algo demasiado breve. Hace falta esa transición, digamos.”
“Porque justamente había algo en ese reflejo que da la mayoría de las plataformas, verte mientras hablas, no sé, me costaba mucho hacer eso (…) Pero algo que está bastante atravesado por lo estructural. Primero porque nos fascina nuestra propia imagen, no es eventual que uno se sorprenda así mismo viéndose mientras está en estas cosas del zoom. Algo que pasa bastante por lo especular, y sin embargo algo se está jugando en el cuerpo. Hay gente que toma posturas cuando está frente a la pantalla. Hay gente que se le ve que evita hacer ciertos gestos, que está bastante pendiente de su propio cuerpo (…). Me parece que algo del cuerpo está jugado pero muy recortado. Recortado en tanto, de por sí es interacción incompleta, no se diga ahora. La interacción del cuerpo ahora es ante una cámara, ya no ante otro, o sea, se espera que haya otro detrás de la cámara (…). Me acordaba del estadio del espejo, creo que eso nunca se pierde, se lo pone como algo del bebé, del infans, creo que nunca se pierde ese júbilo de la propia imagen. Es algo que persiste.”
Empezamos a desmenuzar la importancia de la transición y de aquello que, como el entrevistador mencionó, “es susceptible a ser interpretado”. Lacan (1958/2020) aborda en varias de sus clases el análisis que Ella Sharpe sostiene con un analizante. Es tal el empeño de Lacan que todo un capítulo está dedicado a este trabajo (Sobre un sueño analizado por Ella Sharpe). Este recorrido interesa de sobremanera al poner en evidencia la importancia de lo que está “antes”, “durante” y “después” del análisis, eso que podría decirse está al margen de lo que el sujeto dice.
Lacan al trabajar sobre las notas al margen, refiere a los pensamientos latentes del sueño, y los ejemplifica en los siguientes decires: “no está claro, es esto o aquello, ya no recuerdo más, más no puedo decir” (al sueño lo trata como discurso también), y añade, es lo que da acento a una partitura, y las compara con las tonalidades: allegro, decrescendo, crescendo. Es decir, las notas al margen podrían estar vinculadas también sobre la función de la enunciación, función en la que el sujeto se ubica como otro frente a su mismos decir, extrañado de lo que él mismo produce.
En las siguientes páginas Lacan labra el camino para introducirse en lo referente al enunciado y a la enunciación [E(e)], en lo cual no profundizaremos demasiado pero si diremos, retomando al autor, que el enunciado se presenta como un bloque, un discurso total, completo, que no presenta fragmentación posible, que se puede representar en el grafo del deseo en la línea del piso inferior [s(A)→ A], mientras que la enunciación se caracteriza por la fragmentación, en tanto involucra al significante y se localiza en la línea fragmentada del grafo [S(A) →→ (S∆D)] (por las dificultades propias del programa (word) no se pudo realizar la representación de tachadura por una barra horizontal, la línea fragmentada y el losange, sin embargo, es una representación del piso superior del grafo )
El autor recalca que los acentos “son los diversos modos de enunciación conforme a los cuales el sujeto asume más o menos la vivencia de su sueño, ese acontecimiento psíquico” (p. 155). Páginas después, Lacan aborda como tal el análisis del sueño del analizante de Ella Sharpe. Empieza por contar el sueño y las acotaciones de Sharpe al respecto de estás, y subraya con interés una especie de notas al margen al respecto del comportamiento del analizante. Se hace énfasis en que la analista no escucha llegar al sujeto a su consultorio, a pesar de que debe subir gradas, y, por lo tanto, hacer cierto ruido. Al acostarse en el diván siempre lo hace de la misma manera, además, no llega desaliñado ni mal vestido, en como si no quisiera hacerse notar.
Sin embargo, después de algunas sesiones: ¡Cof, cof!, el sujeto tose, una tos discreta irrumpe en él momentos antes de entrar al consultorio. Sharpe toma en cuenta esa notación, no la deja pasar por alto, más no pregunta ni mencionada nada al respecto, lo que demuestra, según Lacan, lo brillante de su trabajo. En la misma sesión el analizante habla sobre esa tosecilla y movido por la posición de la analista y sus preguntas, elabora su decir alrededor de dicho significante, lo que le permite desplegar su discurso.
Lacan argumenta que en cierta parte del análisis no se debería hacer observaciones sobre el comportamiento físico: “me refiero a su manera de toser, de acostarse, de abotonar o desabotonar su chaqueta, todo lo que implica una actitud motriz reflexiva de su parte” (p. 166).
Si bien es cierto los elementos de las notas al margen los introduce en relación con el sueño, nos parece válido ampliarlo a lo que el sujeto puede decir acerca de cualquier formación del inconsciente y su discurso, y también lo extendemos a lo que vamos a profundizar y lo que tendrá que ver con la transición de la puesta en juego en el análisis, como sucedió con el analizante de Sharpe en el acto significante de la tosecilla.
La función de las notas al margen no se detienen en aquello que se representa únicamente en la experiencia de la palabra entre analista y analizante, aunque también es parte de ella, sino también a lo que el sujeto deja ver, se dé cuenta o no, antes, durante y después de “empezar el análisis”. Nos referimos a lo que el entrevistado hacía alusión al respecto de la transición, esos actos y actuaciones en los que también está jugado el análisis, la relación transferencial, el síntoma y demás elementos significantes.
Lacan lo subraya a partir del trabajo de Sharpe. Detalla el comportamiento del analizante en tanto se presenta de manera silenciosa, callada, sin levantar sospecha, hasta que en él irrumpe, como si se tratara de un lapsus, un chiste o sueño, algo del orden de lo inconsciente en tanto divide al sujeto y lo deja sorprendido (boquiabierto) frente a un acto que dice no controlar, aunque desea hacerlo.
Es importante anotar que la tosecilla cobra todo su (sin) sentido no solo a partir del discurso del sujeto, sino también de las notas al margen (que forman parte del discurso también) que se dejaron ver a partir de las diversas transiciones que el sujeto enunciaba antes de entrar al consultorio. Antes de “empezar a hablar” el sujeto ya estaba hablando.
En la clínica es posible dar cuenta de estos “pormenores”, en la forma en la que un analizante golpea la puerta antes de entrar; la manera en que, en ocasiones, aquejado por una larga caminata y rojo por el sol, se disculpa por llegar tarde a la sesión; en el detalle en el que el analista tiende al analizante algo de papel para limpiarse las lágrimas; o los golpecitos que da en el diván para dar por finalizada la sesión. Una serie de movimientos, de tiempos (instante de ver, tiempo para comprender y momento para concluir) que forman parte de un análisis pueden verse inmediatizados por el instante del clic. Por la inmediatez en la que un sujeto se encuentra con otro sin las transiciones de espacio y tiempo, todo en un solo lugar, todo en un solo momento.
En la clínica analítica mediada por lo digital es posible que algo de estas notas al margen se produzcan, pero claramente, van a estar muy reducidas, prácticamente minimizadas por el ahorro de tiempo y espacio que está jugado en el mundo digital por una lógica de la eficiencia que vale la pena preguntarse ¿puede sostener otro tipo de lógica, como la del psicoanálisis?
III
Subrayamos la importancia de aquello que el analizante deja ver, se dé cuenta o no, en el trabajo analítico, pues “no existe un espejo que acompañe”, para no solo poder ver la imagen del otro, sino la propia, y así estar pendiente de “cómo me ve ese otro”, aunque esta premisa esté infinitamente sostenida en lo imaginario.
Esta es una variación importante que se da en la digitalidad y consiste, como el entrevistador anotó, en que parte de las funciones de las diversas plataformas reside en dar una doble imagen en la conexión, es decir, permite ver la imagen de la otra persona y la propia al mismo tiempo.
Se presenta un espejo que juega con la ilusión de dejar ver lo que uno quiere que se vea: cierta postura, partes del lugar en el que se está, o cortar la propia imagen al vestir formal de la cintura para arriba y en pijama de la cintura para abajo. Así mismo, es posible que el analista antes de empezar coloque su cámara intentando capturar parte de su biblioteca o adornos preferidos, que tome cierta postura, evite algún gesto, y que de cuando en cuando, de reojo, se pesque mientras escucha.
Se impone una suerte de la imagen de la imagen.
Es posible eliminar la propia imagen en varias de estas plataformas para poder ver únicamente a la otra persona, lo que podría resultar un apunte necesario tanto para el analizante como para el analista, sin embargo, puede resultar un tanto extraño la proximidad que inventa la mediación digital, esa proximidad y acercamiento (zoom) al rostro.
Darmon al retomar la novela de la carta robada de Poe, para trabajar la carta robada de Lacan (1966/2018), se adentra en lo que él llama una identificación imaginaria que se da a partir de la “interpretación” de los gestos del otro. Aquí toma a Dupin (protagonista de la novela en cuestión) para explicar la dinámica que realiza un niño para ganar en un juego de azar. El personaje detalla cómo el niño a partir de las expresiones de sus adversarios y en esa suerte de identificación imaginaria logra prever sus movimientos. Este ejercicio lo realiza a través de la interpretación de los gestos del otro, a partir de sus expresiones como efecto de la propia apuesta.
Esta dinámica que retrata Dupin es un juego que puede maximizarse en una interacción en la que predomina la imagen, el enfoque en el rostro, en el que se haga un recorte que daría la ilusión de estar muy cerca de la otra persona, casi al punto de rozarla, casi al punto de aprehender todas sus expresiones y facciones, en quedarse con la imagen de ese rostro que devuelve un mensaje, mensaje que está bañado en lo imaginario.
Estamos haciendo una alusión directa a las videoconferencias con las que se suele trabajar, en tanto el enfoque a las f(i)acciones es inminente, y aunque sea posible desviar la mirada a lo que está por fuera de la pantalla, la cara podría robarse completamente la atención y, ¿por qué no?, empujar a una identificación imaginaria, como la que realiza el niño en el juego de las apuestas.
Lo que hemos elaborado se plantea como una posibilidad a condición de que se haya indicado quitar la imagen propia (del analizante y analizado), sin embargo, si no ha sido así, es posible proponer que además de estar pendiente a la imagen del otro [analizante→analista (a´→a)], la imagen propia se quedé con el protagonismo y que el analizante se vea así mismo mientras llora, mientras habla, que analice sus gestos al pronunciar ciertas palabras o su asombro después de alguna intervención.
Darmon al abordar el esquema L al respecto de la sesión analítica propone lo siguiente: “Podemos ilustrar esto mediante la experiencia del espejo semitransparente de ambas caras, respecto del cual dos personas se ubican a igual distancia. Cuando se ilumina el espejo alternativamente de una cara o de otra, cada persona ve cómo los rasgos de su rostro reflejados en el espejo se transforman en los rasgos del otro” (Darmon, 2008. p. 97-98)

Darmon (2008. p.97)
Darmon trabaja lo mencionado en el acápite llamado: El espejo. Título que nos viene bien en relación con el trabajo que planteamos.
Darmon resalta que el juego de espejo que se forma en la rejilla imaginaria del esquema L (a´→a) y la dificultad que podría plantear que un análisis se sostenga en esta posición, puesto que el lugar tercero, el lugar de la palabra y el que hace la diferencia no se produciría (S – A). Además, aclara que en la estructura misma del esquema existe un espejo perpendicular entre (a´→a).

Darmon (2008. p.97)
Es decir, todo el entramado que gesta la mediación digital produce cortes (no azarosos) en el tiempo, el espacio, en la imagen y posiblemente en más elementos, que no son necesariamente sostenibles en relación con la dirección de la cura, con la técnica analítica y su lógica. Como se subrayó al inició de este escrito, no hay garantía alguna que asegure un análisis, sin embargo, hay elementos que podrían permitir que se produzca un análisis.
Al respecto del juego de imágenes que hemos desplegado en este acápite, el diván como parte de la técnica analítica ayuda a que exista un detrimento (o eso pretende) a las suposiciones que se puedan hacer al respecto de expresiones, ya sea del analista o analizante, en relación con lo que el otro pueda decir. Es decir, el uso del diván tiene una lógica y apunta a un efecto sostenido en la dirección de la cura.
IV
Lacan (1958/2020) retoma de Sharpe su analogía sobre el trabajo analítico, al mencionar que puede ser comparado con un “extensísimo juego de ajedrez (…)” y Lacan completa: “deberíamos comparar todo el desarrollo de un análisis con un juego de ajedrez porque lo más bello y lo más notable en el juego de ajedrez es que cada una de las piezas es un elemento significante” (p. 226-227).
Extendemos la enunciación: “cada una de las piezas es un elemento significante”, no solo a la palabra, sino también a aquello que aparece como notas al margen del análisis: el ritmo, el juego de la imagen, la experiencia de la palabra con sus resortes, la importancia de la transición y demás elementos que hemos abordado.
Por lo tanto, está bajo la lógica de lo necesario cuestionar, por ejemplo ¿a qué efecto apostamos al sostener un análisis vía online? ¿Se trata de la “comodidad” del analista y/o del analizante? ¿es para ganar tiempo? ¿Qué estamos perdiendo? ¿tendrá algo que ver con la dificultad de sostener un consultorio en un espacio físico? ¿la economía juega un papel en la elección del trabajo vía digital?
V
Se nos podría preguntar que a qué nos referimos con la lógica del psicoanálisis, o mejor aún, con qué psicoanálisis estamos trabajando y a partir de aquello con qué lógica. Tomamos a Lew en su texto “Contingencia de la posición subjetiva y facultatividad de la sumisión al significante”, en el cual menciona lo siguiente:
(…) no hay norma como tal en psicoanálisis, sino la que promulga la elección contingente del esquematismo que efectúa en toda consciencia el teórico o la que efectúa más inconscientemente el practicante, estos dos modos de elección siempre se conjuntan para constituir la ética del psicoanálisis a través del esquematismo elegido. Todo depende entonces de tal o cual elección y los psicoanálisis se diferencian cada vez más según el abanico de las elecciones éticas (…). En ese sentido digo que la norma es una elección – una elección variable, por definición del abanico de las elecciones posibles (p. 3).
La vía que tomamos para abordar lo que Lew acota es la de la norma, norma que vendría a organizar más que a normativizar, es decir, poner en funcionamiento un esquematismo que sostendrá y tendrá una implicación en la escucha clínica, norma que deviene de una serie de elecciones contingentes al respecto de la teoría con la que se trabaja. Sin embargo, esto no quiere decir que estás elecciones son del todo inconscientes, como en el caso de aquel que viene a poner en palabras su malestar, al contrario, estas están tomadas “en toda consciencia”, lo que no quiere decir que lo inconsciente de aquel que está en posición de analista no se produzca, que esté “curado o vacunado” contra la irrupción del discurso “que no fuera del semblante”, como lo desarrolla Braunstein (2001).
La lectura que proponemos de este, “en toda consciencia”, reside en la dialéctica entre lo consciente e inconsciente, en ese litoral que en el que está en función de analista se encuentra en cuestionamiento constante no solo por su análisis personal, también por su trabajo en la teoría y la práctica con otros y ante otros, lo que le permitirá hacer con sus elecciones y ponerle al servicio de su escucha clínica.
Por lo tanto, es necesario que el sujeto que se ubica en función de analista cuestione y ponga a trabajar la lógica que sostiene su trabajo, y si su elección “consciente” se asienta en la mediación digital, interrogue sus particularidades más allá de la posible “obviedad“ entre presencia y ausencia del cuerpo físico, caso contrario, esa elección contingente del esquematismo, aunque esté puesta en funcionamiento, será un funcionamiento de la que el analista no está al tanto, lo que tendrá efecto en “la praxis de su teoría”.
A través del texto citado, también podemos aclarar que no existe como tal LA LÓGICA del psicoanálisis, ya que esta no es una esencia, no es posible entificarla, no precede, más bien se produce a partir del quehacer teórico-clínico, es congruente con el trabajo de estos dos elementos. Por lo tanto, no es posible enjuiciar y determinar que en lo presencial hay análisis y en digital no, o, al contrario, más bien lo que se ha propuesto es localizar y desmenuzar varios elementos de la técnica analítica al develar su funcionamiento en la relación entre práctica y teoría, y como esta función puede verse interrumpida por la mediación digital.
El trabajo teórico faculta (tomamos el término a partir del desarrollo de Lew en el texto citado) la escucha clínica, son un mismo recorrido, de no ser así, se estaría cercenando a la praxis, desmembrando su dialéctica y como efecto habría un aplanamiento en la banda de moebius, lo que daría como resultado una superficie de dos caras sin continuidad posible.
El quehacer clínico no se funda en lo arbitrario de una intervención, tomando el término arbitrario como algo determinado por la casualidad, el capricho o el impulso, más bien se trata de la facultatividad, facultatividad que Lew propone a partir de Kelsen y de la superposición entre el cuadro deóntico y óntico, lo que por consiguiente tendrá que ver con lo contingente y habilitante, por lo tanto, no se trata de un azar, sino de un modo de organización que está normada por el paso significante y las elecciones que tendrán un efecto contingente, pero fundadas a partir de una lógica sostenida en un esquematismo.
No se trata de clasificar entre lo que es y no es, ya que es innegable reconocer que a partir de las imposibilidades que impuso la pandemia hubo la necesariedad de inventar otras y nuevas posibilidades para sostener el trabajo analítico. Es más, en un momento la mediación digital fue el único modo de sostener la escucha, sin embargo, al momento,
¿Qué lógica se sostiene en la propuesta de un análisis mediado por lo digital?
Referencias
Braunstein, N. (2001). Por el camino de Freud, México DF, México: Grupo editorial siglo veintiuno.
Chávez, D. (2021) ¿Cómo ha sido el uso de la tecnología desde la pandemia o alrededor de la pandemia? Entrevista a Yépez, A. (En persona). Quito, Ecuador.
Darmon, M. (2008). Ensayos acerca de la topología lacanina, Buenos Aires, Argentina: Letra viva.
Lacan, J. (1953). Lo simbólico, lo imaginario y lo real [ primera reunión científica de Société Française de Psychanalyse]. Conferencia Anfiteatro del Hospital Psiquiátrico de Sainte-Anne, París
Lacan, J. (1958/2015). Seminario VI. El deseo y su interpretación. (1ra edición), Buenos Aires, Argentina: Paidós.
Lacan, J. (1966/2001). Acerca de la estructura como mixtura de una Otredad, condición sine qua non de absolutamente cualquier sujeto. Revista Acheronta ISSN 0329- 9147. NUM 13. Recuperado de: https://www.acheronta.org/lacan/baltimore.htm.
Lacan, J. (1966/2008). Escritos uno. (2da edición), Buenos Aires, Argentina: Grupo editorial siglo veintiuno.
Lacan, J. (1966/2009). Escritos dos. (3era edición), Buenos Aires, Argentina: Grupo editorial siglo veintiuno.
Lacan, J. (1979). Una práctica del parloteo. (s/f)
Lew, R. (2013) Contingencia de la posición subjetiva y facultatividad de la sumisión al significante. (s/f)
Meschonnic, H. (2007) la poesía como crítica del sentido. (1ra edición), Buenos Aires, Argentina: Marmol-izquierdo Editores.





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